viernes, 23 de enero de 2015

La sensación de haber ido muy lejos

de Pedro Crenes Castro

¿Cuántas aristas tiene una historia? ¿Qué hay de verdad en su trastienda? ¿Qué la genera? En “Mientras huya el cuerpo” (Casa de cartón, 2012) el escritor peruano Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) nos plantea una historia en la cual, al viejo detective Apolo,  se le plantea resolver el caso de una mujer que es brutalmente asesinada por su marido en plena calle y luego este se suicida. En su búsqueda es secuestrado en el piso de la víctima donde le dejan desnudo y atado.
Hasta aquí todo bien, todo “normal” pero, el autor-narrador comienza a desmontar la historia, comienza a guiarnos hacia la parte de atrás de la misma. El lector se verá cruzando recuerdos, explorando historias ¿verídicas? de otros asesinatos y hasta cuestionándose si de verdad el cuento que genera esta novela, ensayo literario, exploración de la memoria de escritor (todo eso y más), es de verdad ficción o realidad.
“Mientras huya el cuerpo” es una magnífica oportunidad para leer el “más allá” de una obra de ficción mientras esta se va completando, porque todos los recursos y cruces literarios que Sumalavia introduce en esta ¿novela? nos van a llevar al final a la resolución del cuento. O no.
Cabe destacar aquí un recurso que usa también José Luis Torres Vitolas, peruano también, en “Albatros”, su novela sobre la época Fujimori. Ambos nos acercan al horror de la tortura con brevísimos “monólogos” entre la víctima y el torturador, una experiencia sobrecogedora que nos lleva al borde de la mirada del mal, dejándonos abandonados a nuestra propia maldad para que genere las imágenes. No es fácil hacer esto en literatura: narrar una enorme oscuridad con unas pocas chispas de buen oficio narrativo.
Esta es una obra para lectores agudos que quieran de alguna manera ponerse en la piel del autor, ver todos los recursos que este utiliza, desde donde se genera el nombre de protagonista hasta los modelos reales para la construcción de los personajes, sin que esto nos haga perder el hilo de la investigación que se nos propone y la consiguiente resolución del cuento. Es una experiencia que podemos llamar de “3D literario”.
Ricardo Sumalavia consigue que los materiales para la construcción de una historia sean en sí mismos los protagonistas de la misma. Esta “auto ficción del oficio de escritor”, sin ser nueva, es trabajada por el autor a pie de detalle. Veo en la construcción del entorno del cuento de Apolo un manejo de lo mínimo que permite al lector sumergirse en un pequeño charco y nadar hasta las profundas aguas de un océano rico de fauna y flora. Al leer las últimas líneas de “Mientras huya el cuerpo” tiene uno la sensación de haber ido muy lejos.
Para los que quieran aprender a escribir, para los que aman la buena literatura de crímenes, para los buenos lectores de detalles, esta novela les va a seducir y les va a demostrar que sobran muchas páginas en muchas novelas actuales y que, aunque no siempre el menos es más, en literatura casi siempre, sí. Ya saben, lo bueno, si breve…

en: http://otrolunes.com/30/librario/la-sensacion-de-haber-ido-muy-lejos/

lunes, 11 de agosto de 2014

Comentario de Carlos Villacorta

Como bien explica en una entrevista el escritor Ricardo Sumalavia, la literatura peruana no ha desarrollado una fuerte tradición en lo que se refiere a la novela policial, mucho menos neopolicial, término que fuera acuñado por el catalán Manuel Vázquez Montalbán. Como bien afirma Sumalavia:
En el caso latinoamericano la novela policial es mucho más flexible porque digamos que no hay una tradición de confianza en el cuerpo policial como un ente de regulación de justicia, nunca la habido lamentablemente, más bien de desconfianza. Eso hace que los detectives de la literatura policial latinoamericana pertenezcan a otros espacios.”
(entrevista en letras s5)
Podemos nombrar algunos personajes de la literatura peruana que forman parte de esta todavía joven novela policial nacional. Quizás el más conocido sea el Sargento Lituma, personaje que recorre buena parte de la novelística de Mario Vargas Llosa buscando verdades que, la mayoría de veces, no llega a comprender. En una novela más contemporánea podríamos nombrar al fiscal Félix Chacaltana, personaje de Abril Rojo, novela de Santiago Roncagliolo. Sin embargo, cuando pensamos en metaficción la muestra se reduce drásticamente. Habría que volver nuevamente a Vargas Llosa y a la reflexión que propone sobre el personaje ficcionalizado y el ‘verdadero’ Alejandro Mayta en Historia de Mayta.
En Mientras huya el cuerpo, la nueva novela de Sumalavia, se nos presenta la historia del Apolo, ex teniente de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP), que a sus 50 años trabaja como investigador privado después de que fuera despedido como parte de una limpieza moral de las fuerzas policiales al término de la dictadura de Fujimori. Al investigar la muerte de una joven mujer por parte de su marido, Apolo se verá enfrentado a sus ex compañeros que ahora forman parte de una banda de secuestradores.
En este momento, la novela da un ligero giro narrativo para que el narrador reflexione sobre la historia de Apolo que está contando. De una manera sencilla, se inserta una meditación sobre la novela policial, sus orígenes norteamericanos, su variante latinoamericana así como los orígenes de la novela que estamos leyendo. Así, Sumalavia nos lleva de la ficción narrada al proceso creativo de la misma y de sus interminables pasajes que, como espejos, multiplican la posibilidad de ser de sus personajes.
Solo por nombrar un par de ejemplos, el narrador menciona que para crear a Apolo se ha inspirado en Apolinario, también de la PIP, a quien el narrador menciona haber conocido en el año 1985 y que establece una relación sentimental con su suegra que acaba de enviudar. ¿Cuánto de esto es cierto? No sabemos y no es importante. Lo que sí lo es es cómo Sumalavia conecta la ficción del primer Apolo con sus variantes, con sus otros reflejos, entre ellos, Apolinario y el Apolo del cuento La voz de Apolo, cuento reproducido en la novela que fue originalmente publicado en el libro de relatos Enciclopedia Mínima (2004).
El otro ejemplo es la reflexión sobre la narrativa y los escritores que formula el narrador. Utilizando a Borges, artífice latinoamericano de la metaficción y del laberinto, se proponen cuatro tipos de escritores: los escritores Aleph (aquellos que asumen que su narrativa está conectada con toda la tradición literaria); los Emma Zunz (los que plantean sus ficciones como máscaras de otras historias); los Pierre Menard (que admiten que narran historias de siempre, casi palabra por palabra pero que suponen nuevas lecturas nuevas interpretaciones); y los escritores que piensan que solo narran historias. Por supuesto, la lista se abre a la posibilidad de estar incompleta. Utilizando este criterio ¿dónde podríamos colocar la novela de Ricardo Sumalavia? ¿Dónde podríamos colocar, también, a la nueva literatura contemporánea?
Mientras huya el cuerpo reflexiona sobre el arte de novelar y su relación con el objeto de arte. En el texto, Apolo trabaja en una vieja oficina en cuya pared cuelga un copia de La Venus del Espejo, pintura del español Diego Velázquez, posiblemente pintada entre 1647-1651 y que en 1914 fuera apuñalada por la británica Mary Richardson como parte de un acto de reivindicación feminista por la detención de Emmeline Pankhurst por parte del gobierno británico. La obra de arte que para Richardson es un ejemplo de opresión de la mujer se convierte en la oficina de Apolo en un objeto útil para su trabajo porque “propiciaba mayor confianza y las confesiones llegaban fácilmente” (14). Una obra de arte acuchillada no es muy diferente del crimen que Apolo investiga. En ese proceso de ir desentrañando los pormenores del caso, se van mostrando los diferentes rostros de los involucrados, se revelan los motivos y se caen las máscaras de los investigadores: “La ley, al menos esa ley que representaba Apolinario, se desmembraba día a día durante la década del noventa, y toda lógica, que en principio regula todo relato policial, con o sin golpes y balaceras, iba colapsando ineluctablemente. En aquella época ya nadie se molestaba en utilizar un disfraz.” (26)
Justamente, el crimen, una suerte de imagen bello e indescrifrable, y la pintura de Velázquez son las puertas que invitan al lector a desenredar (quizás perderse sería la palabra), en el mundo de la ficción que es el doble gemelo o mellizo de la realidad. La novela, su lectura, funciona como acto de revelación de hechos sucedidos en aquella época oscura que fueron los ochentas y los noventas en Perú, así como una exploración de la subjetividad del narrador como escritor de ficciones:
[…] cuando escribo sobre mí lo que hago es hablar de otro; al menos de ese otro que se construye y que no se manifiesta más que en la escritura. Otro hecho de palabras quien bien puede llevar mi nombre […] nunca soy íntegramente yo cuando escribo. Solo me resta continuar, con la identidad que sea o pueda, antes de que me volatilice y no sea más nadie.” (31)
En su sugerente estructura, Mientras huya el cuerpo dinamiza la novela policial porque se cuestiona a sí misma como posibilidad de escritura. En las historias que componen la novela, se suspende la historia para retroceder y andar en busca sus orígenes y de las muchas posibilidades que llevaron a su creación, en el pasado privado pero también en el público. Como dice el narrador: “Porque es factible que, si todos comenzáramos a tirar de la cuerda, encontremos a un pariente controvertido o condenable, si es que no nos encontramos antes con nosotros mismos. ”(27)
En este su quinto libro y segunda novela, Ricardo Sumalavia construye múltiples espejos, recovecos que borran y desaparecen los límites de su propia realidad (otro ejemplo más sería el problema de la traducción). En la historia de Apolo (o Apolinario), se establece un diálogo con su anterior producción que muestra a un escritor consciente de sus facultades en el arte de novelar, ese instante en que se acuchilla, se tortura o huye el cuerpo para no dejar de arder.


domingo, 19 de enero de 2014

Comentario del crítico Julio Ortega en El Boomeran(g)

RICARDO SUMALAVIA. Mientras huya el cuerpo. Madrid, Casa de Cartón

Sumalavia (Perú, 1968) ha cultivado la ficción persuasivamente, y en su prosa de varia brevedad, así como en su primera novela, Que la tierra te sea leve, prueba ser un narrador capaz de convertir lo más literario en evidencia cotidiana y lo más específico en linaje ficcional. Pero en ésta novela esas convicciones internas de su prosa adquieren la proeza de otra instancia, el evento de la lectura como la complicidad mayor entre el autor, los personajes y el lector.  La novela policial, por un lado, y el relato de estar escribiéndola, por otro, desdoblan la lectura en vasos comunicantes, que prolongan la intriga y multiplican el crimen, en una novela breve y a la vez sumaria, que incluye la memoria, la reflexión literaria, y las alternativas desencadenadas en un mapa de la lectura, tan placentera como inquisitiva. El narrador, se diría, se construye como lector de una novela (que proviene de una frase de Beckett) para hacerse personaje y, con las velas desplegadas, poder escribirla. Tampoco es casual que se trate de una narración trasatlántica (entre lugares, lenguas, y derivas del presente) donde Lima, Madrid y París, ocurren en Burdeos, en el pleno presente de la rescritura. Ese presente que en manos del lector, en la lección de Beckett, “no cesa de arder.” 



sábado, 17 de agosto de 2013

De la escritura del policial, al policial de la escritura en Mientras huya el cuerpo, de Ricardo Sumalavia

de Rosella Di Paolo

Tal como Velázquez visibilizó en sus Meninas el bastidor que sostenía su pintura, Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) nos entrega un cuento policial y el revés de su trama, pues, según confiesa el autor/narrador, después de escribir el cuento “rápido, afiebrado; como escriben los poseídos”, necesitó “saber de dónde había salido todo”.
Esta confesión parece homenajear al policial clásico, pues tras el “crimen” (aquí, la escritura del cuento) nace el proceso de averiguar quién lo hizo (“whodunit”), de suerte que el autor/narrador se transforma en el detective que busca su verdad o historia personal oculta bajo el texto.
Así, al mejor estilo de Dupin o Holmes (o Edipo, por lo de “criminal” y pesquisante), el análisis de las fuentes de la ficción protagonizada por el ex policía Apolo, será exhaustivo, de modo que pequeñas pero numerosas crónicas íntimas e históricas nos llegan con otros textos (aterrorizantes las sesiones de tortura irrumpiendo como salpicaduras de sangre).
Cada dato es contado con tal intriga, y los cabos se atan con rigor tan persuasivo, que esta sección parece migrar de la arbitraria realidad y alcanzar la causalidad de un organismo literario.
En cambio, en el breve cuento donde Apolo investiga por qué una joven fue acuchillada por su marido se rompen o suspenden las reglas del policial clásico y negro, pues el caos y el azar de la vida real se instalan cuando menos deberían hacerlo, cuando el caso ha sido resuelto, de modo que los cabos que se atan -un cuerpo, una silla- son una chanza cruel, un toque beckettiano.
Así, mientras que el escritor pone al descubierto el misterioso mecanismo de su arte, su personaje Apolo entra más bien al misterio de la habitación cerrada, donde de pronto se mira “desnudo en un espejo oval”. Esta especie de “Apolo del espejo” parece el dramático reverso de “La Venus del espejo”, de Velázquez, cuya vívida desnudez presidía su despacho.
Y de hecho atrapan aquí los juegos especulares entre autor, narrador, personas y personajes, así como entre inocentes y culpables. Tal intercambio de “cuerpos” podría sugerir que ese “mientras huya el cuerpo” -traducción libre de una frase de Beckett-,  no alude solo a la muerte, sino al también beckettiano intercambio de identidades que apunta por igual a la empatía y al sinsentido.
Sugerentes también las traiciones institucionales y políticas (es el Perú de los 90), conyugales y hasta literarias (traducciones, refundiciones) que desembocan en una febril danza de puñales, cuyas breves pero letales incisiones en cuerpos reales o pintados, casi siempre femeninos, nos remiten de paso a la técnica de los relatos cortos, tan caros al autor, que resulta en un brillante mosaico o rompecabezas.
“Todos nos hemos mojado”, dice una personaje respecto a los sucios tiempos de dictadura, pero algo limpio o sentimental proyecta  Apolo, así que su angustiosa espera hace que lo conectemos con el coronel sin cartas, de García Márquez, además de una lata de cocoa/café; un dolor de tripas y un hijo muerto; atributos que parecen claves ocultas, pues ambos comparten también contextos violentos y corruptos que entrampan o atan de manos a la justicia.
Original y subyugante, Mientras huya el cuerpo (Casa de Cartón, 2013) es un hito en el policial latinoamericano.




lunes, 15 de julio de 2013

Comentario del escritor cubano Amir Valle, en la revista Otrolunes

Es una de las novelas más cautivantes e inteligentes que he leído en los últimos tiempos. Una novela diferente. Que entra al género negro para dinamitarlo desde adentro, cosa que logra aunque no parezca fácil en un género donde hay tantos creadores de altísimo nivel que convierten cada una de sus obras en un experimento de ruptura de los moldes que hace ya mucho tiempo no son los cuartones estancos que muchos creen. Una novela que ancla su ruptura en los personajes y desde esos personajes va proponiendo una reconstrucción de las claves más usuales de esta modalidad narrativa: la violencia, la intriga, el buceo en la bestia que la especie humana esconde. Una novela que no va a dejar tranquilo al lector ni un instante, obligándolo a convertirse en cómplice y gestor de la trama.


en: http://otrolunes.com/28/otrolunes-conversa/todo-lo-que-leo-o-hago-en-la-vida-academica-como-en-la-privada-tiene-relacion-con-mi-vida-creativa/

jueves, 4 de octubre de 2012

Ricardo Sumalavia: “Corremos el riesgo de pensar que los violentos siempre serán los demás”

Entrevista de  | 23/09/2012


Nos gusta conversar con Ricardo Sumalavia (Lima 1968) tanto como nos gusta abrir cofres ocultos. No resulta fácil dar con un autor tandescontaminado, tan concentrado en afrontar el sencillo reto de mejorar su obra, tan ajeno a nada más. Ricardo Sumalavia nos ha enriquecido como maestro, desde las aulas ubicuas de su taller virtual La Cueva, y como escritor, a través de libros de cuentos y microficción (Habitaciones en 1993, Retratos familiares en 2001, Enciclopedia mínimaen 2004, La ofrenda en 2011) y novela (Que la tierra te sea leve en 2008). Ahora acaba de publicar Mientras huya el cuerpo, una obra audaz en la que quedan consignadas todas sus experiencias, tanto las autobiográficas como las intelectuales, que dieron lugar al alumbramiento de un sencillo relato policíaco.
Merece la pena esforzarse para conseguir esta novela, a pesar de que hasta hoy, lamentablemente, solo ha sido publicada en Perú. Sin embargo esperamos que pronto se encuentre en los anaqueles de todas las librerías del mundo, dada la gran valoración que ha recibido por parte de la crítica.
P: Casi todos los libros surgen de una necesidad, pero Mientras huya el cuerpo parece brotar de una pulsión absolutamente violenta. ¿Qué la motivó?
R: Luego de varias entrevistas en las que contesté esta pregunta, creí tener la respuesta definitiva. Antes hablaba principalmente de la génesis de escritura de la novela, ya que es lo más a mano en la memoria. Es decir: decía que esta novela tuvo su origen en un cuento policial, y en su escritura había descubierto otras pulsiones internas que bien se podían conectar con todo lo que había escrito antes.
Esto es cierto, pero ahora podría agregar que esta novela nace también de la necesidad de hallar una voz que creía no tener. Me explico: los autores siempre hablamos de voces internas en la escritura, voces que nos dan el tono narrativo necesario para continuar. Pero,  ¿qué pasa cuando crees que esta voz simplemente ha desaparecido en ti? Obviamente comienzas a hacerte muchas preguntas y a probar muchas salidas al bloqueo. En ese momento, al toparme con un cuento policial que consideré mediocre, creo que apareció la llave para reencontrar mi voz. A partir de allí fue tirar de todos los hilos.
P: ¿Sientes que has tenido éxito en la búsqueda de esa voz?
R: Pues creo que sí, dado que pude decir lo que por mucho tiempo me venía obsesionando.
P: Así que esta novela ha sido una suerte de reinvención.
R: Claro, cuando escribo un libro siempre tengo la impresión de haber agotado todas mis posibilidades. Por lo tanto, hay que empezar de nuevo. Pero es solo una impresión, porque en la relectura o revisión de mis libros, encuentro constantes.
P: Se diría que eres bastante duro contigo mismo, es decir, que tu literatura surge de poner en duda tu capacidad.
R: Digamos que parte de las inseguridades que, pienso, tiene todo escritor en mayor o menor medida. En mi caso, las dudas me atormentan con regularidad. Por suerte, creo, puedo avanzar con ello.
P: Una prueba de esto es que eligieras un relato que, como has dicho más arriba, considerabas flojo. ¿Por qué precisamente ese relato?
R: En general yo no soy de los que abandonan sus manuscritos. Yo los guardo, los releo, y los utilizo cuando llega el momento. Ese cuento no iba a tener mayor fortuna en un libro de cuentos mío. Y lo digo porque mis otros cuentos van por otro camino formal y hasta temático. Cuando lo releí, sin embargo, a pesar de tanta diferencia, pude rastrear esas constantes de las que te hablaba. Claro, había que hurgar un poco más adentro, más allá de lo policial, para darle sentido y unirlo a todo mi universo narrativo. Todo esto le dio carta de origen.
P: Una de esas constantes de las que hablas, a mi entender, es esa estructura peculiar que casi parece una compilación de microtextos. Después de tanto tiempo especializado en el microrrelato, parece que también lo has reinventado como una gran herramienta para formar novelas
R: Lo que pasa es que soy muy disperso en mi vida. Una época me interesé a rabiar en el policial. Otra época en las literaturas orientales. Otra en la microficción. De pronto, al momento de escribir y pensar en mis motivaciones de escritura, todo esto se entremezcló. Aparecía de manera condensada, sintética, en estos textos breves. Al ser yo de esta manera, y al querer escribir un libro en el que me mostrase como soy, la dispersión y la brevedad se convirtieron en herramientas de escritura. Claro, el oficio, el  tiempo, te ayuda en algo.
P: De hecho, el yo es muy importante en esta obra. Buscas el porqué de la creación de un relato, que es lo mismo que preguntarse por qué uno era como era en aquel preciso momento en que lo escribió. Y respondes con una serie de experiencias y conocimientos adquiridos que al mismo tiempo conforman esas microhistorias que, entrelazadas, dan lugar a la novela. Pero, ¿qué criterio empleaste para seleccionar cada uno de esos fragmentos? ¿Tuviste que sondearte muy a fondo?
R: Al principio no hubo un criterio muy claro. Tenía ejes narrativos: Casque d’Or, Beckett, la peruana asesinada en Madrid, mis suegros, etc. Y todo fue apareciendo de  una manera caótica. El motivo del cuchillo me traía una imagen tras otra. Después, a las imágenes se sumaron la reflexión y mis conocimientos teóricos previos. No quise que todo quedara en planos subjetivos ni tampoco irme al extremo de lo teórico. En ese punto, mi experiencia con la microficción me fue muy útil.
P: ¿Qué tal resultó el proceso? ¿Doloroso, agotador, o, por el contrario, placentero y paliativo?
R: Fue todo lo que enumeras. Fue duro hablar de la muerte del hermano de mi esposa. No sabía cómo abordar este tema sin sentir que me aprovechaba de ello. Por suerte, creo, pude entrar bien finalmente. Lo de Casque d’Or me causó mucho placer. Encontraba datos por todos lados.
P: Es un personaje muy interesante.
R: El hermano de mi esposa es un personaje fantasmal. Intenso. Tanto Casque d’Or como la joven peruana acuchillada también podrían ser fantasmales. Ahora que lo pienso, hasta yo, en esta ficción, soy fantasmal.
P: ¿Tu familia te apoyó en los fragmentos complicados? ¿Tu suegra, que está implicada tanto por la muerte de tu cuñado como por la descripción de Apolinario, su pareja?
R: En realidad ellos no tenían idea de que estaba escribiendo esta novela. Toda la información la he recibido a lo largo de muchos años. Una vez que empecé a escribir sobre Apolinario, solo tuve que echar mano a todas esas anécdotas referidas por él de una manera muy natural. En mi familia, como en la de mi esposa, contar anécdotas, historias de este tipo, es algo muy común. Cada mañana, incluso, al momento de tomar el desayuno, casi todos cuentan los sueños que han tenido. Lo hacemos para divertirnos, pero también  para exorcizarlos, en caso  de que sean malos sueños. Al contarlos, ya no se cumplen.
P: La violencia que vivió tu país en la década de los ochenta está muy presente en el libro, como una huella que se ha quedado impresa en todos los personajes
R: Lo ocurrido en el Perú transcurre en un momento en el que, por un lado, la mayoría de jóvenes de la capital crecen en medio de las caídas de las ideologías,  de los líderes, de los partidos, etc. Y por otro, en las zonas andinas, muchos jóvenes -universitarios y campesinos- se aferraron a unas ideas revolucionarias desfasadas y sangrientas. Esto, claro, no era sorprendente, en un medio caracterizado por su identidad fragmentada. Desde hace poco se pueden ver las cosas con mayor claridad, a la distancia. En muchos casos, recién asumir esa violencia, y qué rol jugó uno en ella. Eso me interesó.
P: Hay un capítulo autobiográfico muy revelador en el que, en un autobús de Burdeos, descubres en ti a un potencial agresor.
R: En potencia, somos capaces de todo, de hacer las cosas más terribles. Y en esa capítulo breve hablé de la violencia porque hurgaba en mí, porque quería saber o intuir lo que tuvo que pasar mucha gente en mi país durante aquellos años. Porque si suponemos que somos capaces de controlar todos nuestros impulsos, corremos el riesgo de pensar que los violentos siempre serán los demás. Y así podríamos creernos jueces.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Más que un policial





En Mientras huya el cuerpo de Ricardo Sumalavia pesa una renovación en el manejo de los referentes desde la tradición de la novela policial para hacerse de un mayor sentido de lo real, a fin de atender lo verosímil desde un punto de vista muy original. En esta novela no interesa particularmente la sucesión de hechos ni la resolución del conflicto del supuesto protagonista (Apolo), que ha sido dejado a su suerte ante la “presencia” de retratos familiares y estampitas católicas.
La preocupación creativa de Sumalavia se dirige hacia otros intereses relacionados con la expresividad, en los que la narración cede espacio a la reflexión, gracias a una arquitectura de la transparencia, como el uso de paredes, techos y pisos de cristal. Así, cada acción subrepticia no solo es expuesta sino que se convierte en motivo de cavilación, para terminar enlucida en las columnas de la historia. Este paso de la luz de un lado a otro le confiere al personaje Apolo —pero no a su original Apolinario— una relevancia transversal que refulge en varias meditaciones a lo largo del libro.
Por otra parte, el autor desmonta el aparato de la novela policial para examinar como detective literario las huellas en los argumentos y las pistas en la configuración de los personajes, y como investigador de sombras ficcionales los rastros en las acciones tanto involuntarias como deliberadas. Sumalavia no se detiene ante el afán de mostrar, de dejar ver más allá de lo permitido, pero sin desatender el principio estético de la sugerencia, de lo que esconde el iceberg bajo el agua, de la dosificación de datos para mantener la intriga, de guardarse un as bajo la manga para mostrar la carta decisoria en la jugada final, siguiendo hasta cierto punto la plantilla de estereotipos y lugares comunes de las novelas policiales.
Sumalavia con una prosa elegante, ponderada y aguda avanza y retrocede, pero es paradójicamente en este afán por volver atrás, de adelantar en reversa, donde consigue enfrentar “sin dudas ni murmuraciones” lo físico.

José Donayre

En Suplemento Variedades del diario El Peruano

lunes, 3 de septiembre de 2012

Reseña en Buensalvaje


Mientras huya el cuerpo

Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) Estruendomudo 120 páginas 25 soles




Novela. Ricardo Sumalavia incursiona con acierto en la idea de procedimiento como motor creativo. Antes que idear un relato con planteamiento, nudo y desenlace, ha creado un modo particular de producir ficciones que hace irrelevante el paso del tiempo. Se trata de un metapolicial: un relato policial comentado desde determinados capítulos por la voz del narrador que explica cómo se le ocurrió la idea del relato. Este trata del quehacer del detective privado Apolo, un licenciado de la PNP al final del fujimorismo, que arriesga su vida cuando revisa un crimen pasional.
La voz del narrador que explica anécdotas vinculadas a la invención del personaje y, eventualmente, alguna teoría sobre la novela policial es más compleja e interesante. Implica referir la relación lateral, pero no por eso menos desconcertante, que ha tenido el narrador con la violencia de Estado. Se acumulan las anécdotas sobre Apolinario, el marido de su suegra y retirado de la policía, un personaje enigmático y opaco, rodeado de los signos de la violencia y de la muerte con los que, según se nota, guarda una indiferencia doméstica. También accedemos a la crónica de la vida de la prostituta y actriz de circo francesa Casque d’Ore. En cada caso, Sumalavia añade la reflexión sobre cómo el deceso convierte a un hombre muerto en un objeto absurdo, ajeno a la sensibilidad de lo humano. La tortura de una mujer inocente, intercalada en el texto con el rótulo de «Sesión» y un número, resuena en este punto como cima de lo inhumano. Como resultado, la experiencia de violencia política, de principio distante, se manifiesta abrumadoramente sensible. Sumalavia delinea la tarea de su narrador: recuperar, a partir de los objetos de los muertos, la capacidad de contar historias que convoquen su memoria. También hace una afirmación harto discutible: la culpa de la violencia atañe a la comunidad entera que la tolera. Sin duda, levantará las iras de quienes distinguen entre culpa y responsabilidad.
Muy recomendable.

Por Alexis Iparraguirre.

En la revista Buensalvaje, n°1, 2012.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Por fin, Ricardo Sumalavia puede descansar.


Mientras huya el cuerpo: Ricardo Sumalavia




Editorial Estruendo Mudo, 2012.
120 págs.

¿Cuántos libros caben en poco más de cien páginas? Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) demuestra que muchos. Y no, no me refiero a su estupenda colección de microrrelatos (Habitaciones, 1996), género en el que destaca, sino a su nueva… ¿novela? En fin: a su nuevo artefacto,Mientras huya el cuerpo.
El germen de Mientras huya el cuerpobrotó en la mente del autor en verano de 1986. No era más que un cuento de género negro clásico destinado a un certamen literario. Su protagonista, Apolo, un policía retirado del servicio en tiempos de Fujimori. Sin embargo, actualmente, en 2012 Mientras huya el cuerpo ha crecido, ha atravesado una peculiar adolescencia, se ha hecho adulto.
Lo que ahora tenemos entre manos comienza, sí, con el mismo inocente cuento policíaco. Pero, una vez que el cuento concluye, da lugar a otro texto más complejo e inclasificable. ¿La historia del proceso de escritura del mismo relato? No, algo mucho más ambicioso: la historia de cómo se generó tal relato en la mente del autor.
¿Qué hechos ha tenido que vivir Ricardo Sumalavia para que Ricardo Sumalavia acabe por convertirse en el Ricardo Sumalavia que firma el relato titulado Mientras huya el cuerpo? ¿Qué obras ha digerido, qué noticias han quedado grabadas en su mente, qué experiencias le han narrado las personas cercanas a él…? ¿Por qué Ricardo Sumalavia decide escribir un relato de género negro, bañado de violencia esquiva y velado por una atmósfera inquietante, en lugar de escribir, yo qué sé, El viento en los sauces? ¿Por qué hablar de muertes y no del cultivo del tulipán, de la burbuja inmobiliaria o del surf en la Baja California?
Las respuestas a estas preguntas generan, asimismo, historias con entidad propia. Y estas, a su vez, conforman un apasionante mosaico de difícil descripción. Es,Mientras huya el cuerpo, una novela negra, sí. Pero también es un texto metaliterario. Es un libro autobiográfico. Es un tratado sobre cómo escribir novela policíaca. Es una crónica del Perú del postfujimorismo. Es literatura del yo aplicada al ello. Es un ensayo sobre la atracción por la violencia, el crimen y el miedo. Es un profundo viaje introspectivo. Es una antología de anécdotas. Es una selección de noticias de crónica negra… Lo que tienen en común todos estas cajas chinas dentro de cajas chinas es la acechanza de la muerte, siempre sobrevolando los planos superiores de la narración.
Una de las preocupaciones constantes en esta narración es qué hacer con las pertenencias de los muertos. Hay quienes dejan todo intacto, los que seleccionan y desechan el resto, los que definitivamente no desean ni un solo objeto que haya pertenecido al difunto -¿Tendría que llamarlo aquí occiso?-”
La noche durante la cual buscaban el cuerpo de mi cuñado, mi suegra colocó sobre la mesa central de su casa la camiseta que su hijo utilizó ese día, un retrato de él y una vela encendida en cada esquina. Los demás familiares, además de rezar, de cuando en cuando extendían sus dedos para posarlos sobre la camiseta.”
A través de este viaje alucinante al corazón de la poiesis, Sumalavia nos presenta a su suegro Apolinario, quien inspiró el personaje de Apolo. Conocemos a un curandero eremita que vive en la selva con su libro de pócimas y remedios. Descubrimos la belleza circense y las malas artes de Casque D’Or. Asistimos a accidentes trágicos, a situaciones de amenaza, a agresiones contra obras de arte, a ineludibles influencias literarias, a todo hecho o circunstancia o recuerdo, a todo fragmento vital que Sumalavia ha podido compilar en su memoria tras identificarlo como cómplice del delito de haber creado Mientras huya el cuerpo.
No soy capaz de atribuir la violencia de este Apolo a su modelo Apolinario; pero tampoco puedo descartarla. Como muchos otros, no creo que haya podido eludir durante los años ochenta y noventa ser testigo, sino partícipe, de los abusos y crímenes que predominaron en las fuerzas armadas y policiales. Sería absurdo negarlo. ¿Cuánto de ese Apolo tuvo Apolinario? Eso no lo podré saber.”
Cada uno de esos fragmentos da lugar a una trama tan inquietante, tan potente y magnética como la de cualquier ficción. Aquí la causa siempre resulta más poderosa que el efecto. Y la veracidad de la misma acentúa su poder: encoge el estómago, acogota el alma.
A la mañana siguiente, mi suegra y Apolinario nos acompañaron durante la comida. Me costó tocar el tema de los hombres y la grabación y la presencia de mi amigo en todo esto. Sin embargo, antes de terminar de narrar lo sucedido, Apolinario río y luego me dijo:
—Todos ustedes están limpios. Quédate tranquilo.”
Mientras huya el cuerpo demuestra que es posible ser víctima de un crimen que no se ha sufrido ni presenciado. Basta con dejarse conmover por la historia de dicho crimen y poseer un demonio interior que la sujete entre ambas manos y no la deje salir de nuestra cabeza. La clave reside en conocer qué forma toman tales demonios obnubilados una vez que nuestras células los metabolizan.
Un buen día, Ricardo Sumalavia escribió un relato. Y éste le persiguió durante años. Ahora, con la publicación de Mientras huya el cuerpo, uno diría que ese demonio se desvanece para siempre en su espíritu. Por fin, Apolo se libera de las ataduras que le retienen sujeto a una silla de madera. Por fin, Ricardo Sumalavia puede descansar.
“Pues lo dicho me lleva a la desestabilizadora conclusión de que cuando escribo sobre mí, lo que hago es hablar de otro; al menos de ese otro que se construye y que no se manifiesta más que en la escritura. Un otro hecho de palabras quien bien puede llevar mi nombre. Quizás un fragmento de sólo Dios sabe qué, albergado a mi pesar. De ese otro que podría ser mi compañero o mi verdugo.”

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domingo, 29 de julio de 2012

Ricardo Sumalavia: “Un policial cuenta mejor lo de Fujimori”



Ajuste de cuentas. Ricardo Sumalavia también quería responderse qué hacía en los 90.


Con su novela Mientras huya el cuerpo, hurga en su vida y en el fin de la dictadura de los 90.
Pedro Escribano/
Ricardo Sumalavia ha querido hurgar un tanto en su vida. En su novela Mientras huya el cuerpo (Ed. Estruendomudo), cuenta la historia del teniente Apolo, un detective que durante la dictadura de Fujimori ve cómo sus colegas de las fuerzas policiales son retirados en una inventada campaña de moralización.  Readaptarse para ser sujeto civil no es fácil, sobre todo en un medio corrupto como fueron esos años. Sumalavia, virtuoso de los microrrelatos, ahora opta por una novela policial para mirar mejor este periodo.
¿Dejaste la prosa mínima?
No. En realidad, si te has dado cuenta, es una novela fragmentaria, que se construye a través de varios microcapítulos. De alguna manera, la prosa breve esta allí, presente, la estrategia de la prosa breve,  tratando de crear cierta intensidad.
Pero, con todo, es una novela.
Sí, definitivamente. Ha sido aplicar lo que he aprendido en la microficción a una estructura mayor como es la novela. La ventaja es que el término novela aguanta todo. Y esta no es una novela lineal, es una novela que tiene una estructura particular, pues, como habrás visto, es el desmontaje de un cuento policial que trata de hurgar en todos los elementos teóricos, estratégicos, prácticos de la narrativa, digamos, la cocina del escritor.
Tu novela tiene un sesgo  policial, y en el Centro de Lima.
Sí, he tomado este pretexto esta historia policial. Yo quería hurgar en todos aspectos de mi vida. Yo crecí en el Centro de Lima, en Barrios Altos. He pasado ahí mi infancia, desde el 68 hasta los 80, que  coincide con el periodo de la dictadura militar, en las dos fases. Eran temas que yo tenía guardados y que quizá esperaban un lenguaje y una estructura para escribir sobre esa experiencia.
¿Y esta nominación de nuevo policial peruano que hay en tu libro?
En realidad tiene que ver un poco con la estrategia de la editorial. Mi novela no es una novela policial, o sea, no se ciñe estrictamente al género. El término se lo robamos a Leonardo Padura. Él llama a sus novelas policiales, neo-policiales. Dicen que son novelas que utilizan estrategias del policial, en las que hay detectives, hay crímenes, hay una investigación, pero que solamente son pretextos para decir algo más que el policial.
¿Esperabas esta ocasión para hablar del fin del fujimorismo?
Sí, definitivamente. En los años 90, tenía una prosa lírica, pero algunos escritores hablaban de la violencia y algunos lo han hecho bastante bien. Ahora yo he optado por este lenguaje y puedo escribir sobre ese periodo.
¿El policial es para mirar el gobierno de Fujimori?
Para mí venía a pelo por el mundo de corrupción. Un policial cuenta mejor lo de Fujimori.
¿Esta novela es un ajuste de cuentas?
Sí, esperaba mi turno para compartirlo, pero también es una manera de un ajuste de cuentas personal, conmigo mismo, porque quería interrogarme cuál fue mi participación en los años 90, en esa etapa cuando buscaba mi lenguaje propio, pero era toda una búsqueda, optar por algo y abandonar otras. He querido revisarme a mí mismo.

Aparecido en La Repûblica, 29/07/2012

viernes, 20 de julio de 2012

La palabra siempre es insuficiente




Entrevista



Por Javier García Wong - Kit

El escritor Ricardo Sumalavia acaba de publicar Mientras huya el cuerpo, una novela etiquetada como “neopolicial”, fruto de una imagen que lo persiguió durante años, de las digresiones de los recuerdos y palabras encendidas como antorchas a lo largo del camino de su escritura. Esta entrevista, que no ocurre en Lima ni en Burdeos (aunque las preguntas salieron de la primera ciudad y las respuestas de la segunda) se dio en el ciberespacio, en donde las palabras no tienen sonido y el imperio de las imágenes sólo deja la enigmática portada de su libro, un homenaje a la Venus del espejo, de Velázquez, y un preludio a las historias que encierra la segunda parte de la Trilogía de la levedad, que escribe el autor peruano.   

Mario Bellatin decía en una entrevista que “la literatura peruana sigue siendo conservadora”. Inmediatamente pienso en los últimos libros de Alfredo Bryce y Mario Vargas Llosa.
Yo estoy de acuerdo con la afirmación de Mario Bellatin, si es que estamos hablando solo de la narrativa. Gracias a que la biblioteca de la Universidad de Burdeos está muy bien actualizada con la literatura latinoamericana, puedo estar bastante al día de lo que se escribe en todos estos países. Sin embargo, la narrativa peruana no es la que precisamente llama mi atención. Por supuesto, hablo del conjunto, no de individualidades.

¿Por qué hay tan pocas propuestas literarias arriesgadas incluso entre los narradores jóvenes?
En realidad, esto no tendría que sorprendernos. Siempre ha sido así. Si vemos un poco en la historia, mientras en el resto de América Latina de finales de siglo se escribían, cuentos y novelas notables, en el Perú apenas si tenemos autores interesantes (que los hay). Si hablamos de vanguardia narrativa, salvo La Casa de Cartón, de Martín Adán, no hay nada digno de llamar vanguardista. Me imagino que habrá profesores y críticos que defenderán a sus escritores de segunda fila, pero eso es otra cosa. Nuestra tradición en la narrativa es muy frágil, pero eso no quita que haya autores que hayan logrado libros incluso más allá de su propia tradición. El mismo Bellatin es uno de ellos.

¿Hay escritores peruanos jóvenes que encuentres interesantes?
Sin duda. Pero creo que todavía es muy pronto para hacer balances. No se trata de una carrera de caballos ni de imponer relevos. El proceso creativo de un prosista toma mucho más tiempo a la de otro creador. Por ejemplo, estamos viendo recién libros maduros de Daniel Alarcón, Diego Trelles Paz, Carlos Yushimito y otros. Si llegó el momento de que nuestra tradición se vuelva más sólida, tanto mejor. Lo que me interesa, insisto, más allá de las edades, es la lectura de libros que me muestren que su escritura misma está en estado de crisis, libros que reinventan sus formas porque saben o intuyen que la palabra siempre es insuficiente.

En tu caso, ¿cómo nació la idea de escribir un “neopolicial”?
En realidad, lo del término “neopolicial” vino ya en el proceso editorial. No lo tuve, ni me interesaba tenerlo, como precepto de todo el libro. Lo que tuve primero fue un cuento que yo asumí al principio como policial. Lo digo así porque luego acepté que no puedo entrar a ningún género de una manera ingenua. Siempre termino por quebrar todas las reglas que tenía al principio como premisa.

¿Cómo decides qué forma debe tener un libro comoMientras huya el cuerpo que bien pudo ser un diario, un thriller o una novela histórica?
La estructura vino como una consecuencia natural, dada las formas de mis otros libros. Ya tenía la idea de escribir una trilogía que empezara con Que la tierra te sea leve. Quería entrar a ese universo de la levedad, de la identidad difuminada, desde otras aristas. De allí que esta vez utilizara esta estructura, que me involucrara de otra manera con el texto. 

Entonces, ¿cuál es tu relación con los géneros literarios?
Ninguno de mis libros corresponde a un género específico. Los hemos llamado cuentos, microcuentos, como novelas, porque siempre tenemos necesidades de identificar todo.  Creo que esto limita más que enriquecer la lectura. Claro que uno parte de ciertas reglas, como asumimos nombres o roles, pero luego les vamos dando forma propia, distinta, que puede ser todos los géneros, como ninguno. El “neopolicial”, entendido como un texto que toma elementos del policial clásico o de la novela negra para transgredirlos e ir más allá, podría tener mucho futuro. Hace unos años nadie hubiera pensado que el cuento fantástico iba a tomar tanta fuerza como la tiene ahora.

¿Cómo fueron llegando a ti historias como la de Mary Richardson?
Cuando empiezo a escribir un libro, suelo tener imágenes claves. En este caso fueron las cuchilladas que le dio un hombre a su esposa en plena calle. Esta imagen me persiguió por todas partes. Veía navajas y acuchillados en todo. Fue así que llegué al alguna vez acuchillado Samuel Beckett, o a la Venus del cuadro de Velázquez que fue atacada por Mary Richardson, o las aventuras de rufianes parisinos de comienzos del siglo XX, alrededor de una joven y atractiva prostituta conocida como la Casque d’Or. Claro, una vez recuperado el dato, iba a todas las fuentes posibles. Y así encontraba otras cosas más.

¿Cuál fue el proceso de escritura de Mientras huya el cuerpo?
En el caso de este libro, fue a mano, en un cuaderno escolar. Lo escribí en una de las salas de una biblioteca de barrio en Burdeos, por las tardes. Nada de música, nada de internet. Luego compraba el pan y volvía a casa. Una vez terminado, fue mi esposa quien pasó todo en limpio. Casi siempre ha sido así. Después puedo pasar a las diferentes versiones y revisiones.

¿Cómo decides qué dejar fuera de un libro tan fragmentario como este, tan lleno de anécdotas personales y de distintas historias?
Este es un libro que parte de cierta idea de disgregación, de fragmentarse y, por qué no decirlo, de irse por las ramas. Pero esto es solo una ilusión. Lo que pretendo es que el lector termine por darle a todo el conjunto cierta unidad  mayor que sobrepase al texto mismo. En ese sentido, cada fragmento tiene su razón de ser y estar en esta novela. Y, obviamente, me detengo al tener la impresión de estar tensando demasiado la cuerda, cuando me alejo demasiado del ritmo interno que estoy tratando de dar.

Hay algo o mucho de psicoanálisis en la novela. Además de los años del terrorismo, la muerte y los recuerdos de infancia, ¿qué otros temas o historias te interesan?
No es una novela que se valga del psicoanálisis como mecanismo de escritura. Digamos que de algún modo es proustiana. Solo que en lugar de magdalenas cuyo aroma despierta la memoria, en mi caso son las imágenes, las propias palabras las que activan el recuerdo de otras, pero solo con el fin de darle un nuevo sentido a la imagen primera. Y es en ese ir y venir que tuve que pasar por lo vivido en determinados momentos de mi vida que van desde los setenta hasta la actualidad. Y a través de los recuerdos de los libros leídos el espectro se amplía incluso más. Planteado así, para mí fue mucho más factible desarrollar también los otros temas que persiguen, como la ciudad de Lima, la fragmentación de la identidad y cómo ésta se reconstruye en la palabra. Y habrá más temas, espero; de aquéllos de los cuales uno nunca llega a tener clara conciencia.

Hace poco comentabas que no te parecía justo que se diga que un escritor no puede escribir de un lugar que no conoce (estoy parafraseando) ¿Hasta dónde puede ir la imaginación sin apoyo de la información?
Me he dado cuenta de que con cada libro me interesa menos la historia, el argumento. Es decir, va a estar de todos modos, pero no es lo que motiva mi escritura. Las historias solo se vuelven pretextos, una cáscara, y la importancia que vayan a cobrar, si es que la cobran, es porque el propio acto de la palabra escrita les da significación. Es por eso que podríamos escribir sobre cualquier hecho que parta de la realidad o no. Pero es ingenuo pretender abarcarlo todo. Más vale hurgar dentro de nuestros propios costales. Y la investigación, pues es para que ese pretexto llamado historia asuma el rostro que le quieras dar. Yo no investigo para encontrar la verdad de mi historia. 

Cambiando de tema, ¿en qué afecta la vida o carrera de un escritor con una agencia literaria como Schavelzon?
La tarea de un agente es encontrarte una editorial –en tu lengua y en otras-, y luego facilitar y mejorar las condiciones en los contratos de tus libros. Y aquí no hay reglas fijas. Lo primero que puede cambiar en tu vida es que sea el agente quien reciba los portazos de las editoriales y no tú. Y eso se agradece. Claro que también es gratificante cuando te escribe o te llama por teléfono para decirte que hay una propuesta interesante de publicación. Pero aparte de todo esto, no hay un cambio sustancial en tu vida. Sigues con tus trabajos, la vida de siempre. Claro, todo esto lo haces con más tranquilidad porque sabes que hay alguien que apenas reciba tu manuscrito se va a poner a trabajar en ello. Y tú puedes continuar con lo mejor que sabes hacer, que es escribir, y no negociar.

Es verdad también que hay agencias de diferente nivel, con mercados diferentes. En mi caso, yo me siento muy agradecido con el trabajo de cada uno de los integrantes de la agencia Schavelzon. Y llegué a ellos casi por casualidad. Yo había llegado a un trato con una agencia literaria muy pequeña de Madrid, que recién comenzaba, y a los dos días me llama este agente para decirme que ellos acababan de asociarse con una agencia más grande, con sede en Barcelona, y que iban a ser ellos los que en adelante se ocuparían de los escritores latinoamericanos. Un par de horas después quien me llama por teléfono es Guillermo Schavelzon para darme la bienvenida a su agencia. Así empezó todo.   

Hace unos meses vino a Lima un escritor peruano quien publicó en una editorial española importante. Él comentaba que nadie lo conoce en Perú, lo que le daba un poco de pena. ¿Cómo afecta la popularidad a un escritor o el hecho de tener lectores y recibir críticas buenas y malas?
Lo que me cuentas de ese escritor peruano es una prueba de que lo que pasa en España: a nivel editorial ya no es garantía de nada. Los tiempos son otros. Ahora las redes sociales e internet, sin importar dónde hayas publicado, te pueden proporcionar más lectores que como se hacía con los canales tradicionales. Pero hay que precisar que popularidad, lectores y crítica ya no van necesariamente de la mano. Y los grados de afectación son muy diversos. Más de uno se ha pegado un tiro ante la indeferencia.

¿Qué haces después de terminar una novela que te ha tomado tantos años escribir?
Desde la publicación de mi segundo libro, Retratos familiares, siempre he tenido la primera versión de otro manuscrito a la mano. De ese modo no paso por periodos de angustia. Luego viene el proceso de revisión y reescritura de ese otro libro. Y cuando lo dejo reposar, empiezo a tomar notas para el siguiente. Por ejemplo, ahora que acabo de publicar Mientras huya el cuerpo, ya tengo el manuscrito de mi siguiente libro de microficciones, que se llamará Enciclopedia plástica.

¿Cómo acabará la trilogía de Que la Tierra te sea leveMientras huya el cuerpo?
Sobre la Trilogía de la levedad, por lo pronto tengo notas, título y vaga idea de adónde quiero ir. Para su escritura me orienta una frase de Paul Valéry: “Es necesario ser leve como el pájaro y no como la pluma”.