sábado, 17 de agosto de 2013

De la escritura del policial, al policial de la escritura en Mientras huya el cuerpo, de Ricardo Sumalavia

de Rosella Di Paolo

Tal como Velázquez visibilizó en sus Meninas el bastidor que sostenía su pintura, Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) nos entrega un cuento policial y el revés de su trama, pues, según confiesa el autor/narrador, después de escribir el cuento “rápido, afiebrado; como escriben los poseídos”, necesitó “saber de dónde había salido todo”.
Esta confesión parece homenajear al policial clásico, pues tras el “crimen” (aquí, la escritura del cuento) nace el proceso de averiguar quién lo hizo (“whodunit”), de suerte que el autor/narrador se transforma en el detective que busca su verdad o historia personal oculta bajo el texto.
Así, al mejor estilo de Dupin o Holmes (o Edipo, por lo de “criminal” y pesquisante), el análisis de las fuentes de la ficción protagonizada por el ex policía Apolo, será exhaustivo, de modo que pequeñas pero numerosas crónicas íntimas e históricas nos llegan con otros textos (aterrorizantes las sesiones de tortura irrumpiendo como salpicaduras de sangre).
Cada dato es contado con tal intriga, y los cabos se atan con rigor tan persuasivo, que esta sección parece migrar de la arbitraria realidad y alcanzar la causalidad de un organismo literario.
En cambio, en el breve cuento donde Apolo investiga por qué una joven fue acuchillada por su marido se rompen o suspenden las reglas del policial clásico y negro, pues el caos y el azar de la vida real se instalan cuando menos deberían hacerlo, cuando el caso ha sido resuelto, de modo que los cabos que se atan -un cuerpo, una silla- son una chanza cruel, un toque beckettiano.
Así, mientras que el escritor pone al descubierto el misterioso mecanismo de su arte, su personaje Apolo entra más bien al misterio de la habitación cerrada, donde de pronto se mira “desnudo en un espejo oval”. Esta especie de “Apolo del espejo” parece el dramático reverso de “La Venus del espejo”, de Velázquez, cuya vívida desnudez presidía su despacho.
Y de hecho atrapan aquí los juegos especulares entre autor, narrador, personas y personajes, así como entre inocentes y culpables. Tal intercambio de “cuerpos” podría sugerir que ese “mientras huya el cuerpo” -traducción libre de una frase de Beckett-,  no alude solo a la muerte, sino al también beckettiano intercambio de identidades que apunta por igual a la empatía y al sinsentido.
Sugerentes también las traiciones institucionales y políticas (es el Perú de los 90), conyugales y hasta literarias (traducciones, refundiciones) que desembocan en una febril danza de puñales, cuyas breves pero letales incisiones en cuerpos reales o pintados, casi siempre femeninos, nos remiten de paso a la técnica de los relatos cortos, tan caros al autor, que resulta en un brillante mosaico o rompecabezas.
“Todos nos hemos mojado”, dice una personaje respecto a los sucios tiempos de dictadura, pero algo limpio o sentimental proyecta  Apolo, así que su angustiosa espera hace que lo conectemos con el coronel sin cartas, de García Márquez, además de una lata de cocoa/café; un dolor de tripas y un hijo muerto; atributos que parecen claves ocultas, pues ambos comparten también contextos violentos y corruptos que entrampan o atan de manos a la justicia.
Original y subyugante, Mientras huya el cuerpo (Casa de Cartón, 2013) es un hito en el policial latinoamericano.




lunes, 15 de julio de 2013

Comentario del escritor cubano Amir Valle, en la revista Otrolunes

Es una de las novelas más cautivantes e inteligentes que he leído en los últimos tiempos. Una novela diferente. Que entra al género negro para dinamitarlo desde adentro, cosa que logra aunque no parezca fácil en un género donde hay tantos creadores de altísimo nivel que convierten cada una de sus obras en un experimento de ruptura de los moldes que hace ya mucho tiempo no son los cuartones estancos que muchos creen. Una novela que ancla su ruptura en los personajes y desde esos personajes va proponiendo una reconstrucción de las claves más usuales de esta modalidad narrativa: la violencia, la intriga, el buceo en la bestia que la especie humana esconde. Una novela que no va a dejar tranquilo al lector ni un instante, obligándolo a convertirse en cómplice y gestor de la trama.


en: http://otrolunes.com/28/otrolunes-conversa/todo-lo-que-leo-o-hago-en-la-vida-academica-como-en-la-privada-tiene-relacion-con-mi-vida-creativa/

jueves, 4 de octubre de 2012

Ricardo Sumalavia: “Corremos el riesgo de pensar que los violentos siempre serán los demás”

Entrevista de  | 23/09/2012


Nos gusta conversar con Ricardo Sumalavia (Lima 1968) tanto como nos gusta abrir cofres ocultos. No resulta fácil dar con un autor tandescontaminado, tan concentrado en afrontar el sencillo reto de mejorar su obra, tan ajeno a nada más. Ricardo Sumalavia nos ha enriquecido como maestro, desde las aulas ubicuas de su taller virtual La Cueva, y como escritor, a través de libros de cuentos y microficción (Habitaciones en 1993, Retratos familiares en 2001, Enciclopedia mínimaen 2004, La ofrenda en 2011) y novela (Que la tierra te sea leve en 2008). Ahora acaba de publicar Mientras huya el cuerpo, una obra audaz en la que quedan consignadas todas sus experiencias, tanto las autobiográficas como las intelectuales, que dieron lugar al alumbramiento de un sencillo relato policíaco.
Merece la pena esforzarse para conseguir esta novela, a pesar de que hasta hoy, lamentablemente, solo ha sido publicada en Perú. Sin embargo esperamos que pronto se encuentre en los anaqueles de todas las librerías del mundo, dada la gran valoración que ha recibido por parte de la crítica.
P: Casi todos los libros surgen de una necesidad, pero Mientras huya el cuerpo parece brotar de una pulsión absolutamente violenta. ¿Qué la motivó?
R: Luego de varias entrevistas en las que contesté esta pregunta, creí tener la respuesta definitiva. Antes hablaba principalmente de la génesis de escritura de la novela, ya que es lo más a mano en la memoria. Es decir: decía que esta novela tuvo su origen en un cuento policial, y en su escritura había descubierto otras pulsiones internas que bien se podían conectar con todo lo que había escrito antes.
Esto es cierto, pero ahora podría agregar que esta novela nace también de la necesidad de hallar una voz que creía no tener. Me explico: los autores siempre hablamos de voces internas en la escritura, voces que nos dan el tono narrativo necesario para continuar. Pero,  ¿qué pasa cuando crees que esta voz simplemente ha desaparecido en ti? Obviamente comienzas a hacerte muchas preguntas y a probar muchas salidas al bloqueo. En ese momento, al toparme con un cuento policial que consideré mediocre, creo que apareció la llave para reencontrar mi voz. A partir de allí fue tirar de todos los hilos.
P: ¿Sientes que has tenido éxito en la búsqueda de esa voz?
R: Pues creo que sí, dado que pude decir lo que por mucho tiempo me venía obsesionando.
P: Así que esta novela ha sido una suerte de reinvención.
R: Claro, cuando escribo un libro siempre tengo la impresión de haber agotado todas mis posibilidades. Por lo tanto, hay que empezar de nuevo. Pero es solo una impresión, porque en la relectura o revisión de mis libros, encuentro constantes.
P: Se diría que eres bastante duro contigo mismo, es decir, que tu literatura surge de poner en duda tu capacidad.
R: Digamos que parte de las inseguridades que, pienso, tiene todo escritor en mayor o menor medida. En mi caso, las dudas me atormentan con regularidad. Por suerte, creo, puedo avanzar con ello.
P: Una prueba de esto es que eligieras un relato que, como has dicho más arriba, considerabas flojo. ¿Por qué precisamente ese relato?
R: En general yo no soy de los que abandonan sus manuscritos. Yo los guardo, los releo, y los utilizo cuando llega el momento. Ese cuento no iba a tener mayor fortuna en un libro de cuentos mío. Y lo digo porque mis otros cuentos van por otro camino formal y hasta temático. Cuando lo releí, sin embargo, a pesar de tanta diferencia, pude rastrear esas constantes de las que te hablaba. Claro, había que hurgar un poco más adentro, más allá de lo policial, para darle sentido y unirlo a todo mi universo narrativo. Todo esto le dio carta de origen.
P: Una de esas constantes de las que hablas, a mi entender, es esa estructura peculiar que casi parece una compilación de microtextos. Después de tanto tiempo especializado en el microrrelato, parece que también lo has reinventado como una gran herramienta para formar novelas
R: Lo que pasa es que soy muy disperso en mi vida. Una época me interesé a rabiar en el policial. Otra época en las literaturas orientales. Otra en la microficción. De pronto, al momento de escribir y pensar en mis motivaciones de escritura, todo esto se entremezcló. Aparecía de manera condensada, sintética, en estos textos breves. Al ser yo de esta manera, y al querer escribir un libro en el que me mostrase como soy, la dispersión y la brevedad se convirtieron en herramientas de escritura. Claro, el oficio, el  tiempo, te ayuda en algo.
P: De hecho, el yo es muy importante en esta obra. Buscas el porqué de la creación de un relato, que es lo mismo que preguntarse por qué uno era como era en aquel preciso momento en que lo escribió. Y respondes con una serie de experiencias y conocimientos adquiridos que al mismo tiempo conforman esas microhistorias que, entrelazadas, dan lugar a la novela. Pero, ¿qué criterio empleaste para seleccionar cada uno de esos fragmentos? ¿Tuviste que sondearte muy a fondo?
R: Al principio no hubo un criterio muy claro. Tenía ejes narrativos: Casque d’Or, Beckett, la peruana asesinada en Madrid, mis suegros, etc. Y todo fue apareciendo de  una manera caótica. El motivo del cuchillo me traía una imagen tras otra. Después, a las imágenes se sumaron la reflexión y mis conocimientos teóricos previos. No quise que todo quedara en planos subjetivos ni tampoco irme al extremo de lo teórico. En ese punto, mi experiencia con la microficción me fue muy útil.
P: ¿Qué tal resultó el proceso? ¿Doloroso, agotador, o, por el contrario, placentero y paliativo?
R: Fue todo lo que enumeras. Fue duro hablar de la muerte del hermano de mi esposa. No sabía cómo abordar este tema sin sentir que me aprovechaba de ello. Por suerte, creo, pude entrar bien finalmente. Lo de Casque d’Or me causó mucho placer. Encontraba datos por todos lados.
P: Es un personaje muy interesante.
R: El hermano de mi esposa es un personaje fantasmal. Intenso. Tanto Casque d’Or como la joven peruana acuchillada también podrían ser fantasmales. Ahora que lo pienso, hasta yo, en esta ficción, soy fantasmal.
P: ¿Tu familia te apoyó en los fragmentos complicados? ¿Tu suegra, que está implicada tanto por la muerte de tu cuñado como por la descripción de Apolinario, su pareja?
R: En realidad ellos no tenían idea de que estaba escribiendo esta novela. Toda la información la he recibido a lo largo de muchos años. Una vez que empecé a escribir sobre Apolinario, solo tuve que echar mano a todas esas anécdotas referidas por él de una manera muy natural. En mi familia, como en la de mi esposa, contar anécdotas, historias de este tipo, es algo muy común. Cada mañana, incluso, al momento de tomar el desayuno, casi todos cuentan los sueños que han tenido. Lo hacemos para divertirnos, pero también  para exorcizarlos, en caso  de que sean malos sueños. Al contarlos, ya no se cumplen.
P: La violencia que vivió tu país en la década de los ochenta está muy presente en el libro, como una huella que se ha quedado impresa en todos los personajes
R: Lo ocurrido en el Perú transcurre en un momento en el que, por un lado, la mayoría de jóvenes de la capital crecen en medio de las caídas de las ideologías,  de los líderes, de los partidos, etc. Y por otro, en las zonas andinas, muchos jóvenes -universitarios y campesinos- se aferraron a unas ideas revolucionarias desfasadas y sangrientas. Esto, claro, no era sorprendente, en un medio caracterizado por su identidad fragmentada. Desde hace poco se pueden ver las cosas con mayor claridad, a la distancia. En muchos casos, recién asumir esa violencia, y qué rol jugó uno en ella. Eso me interesó.
P: Hay un capítulo autobiográfico muy revelador en el que, en un autobús de Burdeos, descubres en ti a un potencial agresor.
R: En potencia, somos capaces de todo, de hacer las cosas más terribles. Y en esa capítulo breve hablé de la violencia porque hurgaba en mí, porque quería saber o intuir lo que tuvo que pasar mucha gente en mi país durante aquellos años. Porque si suponemos que somos capaces de controlar todos nuestros impulsos, corremos el riesgo de pensar que los violentos siempre serán los demás. Y así podríamos creernos jueces.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Más que un policial





En Mientras huya el cuerpo de Ricardo Sumalavia pesa una renovación en el manejo de los referentes desde la tradición de la novela policial para hacerse de un mayor sentido de lo real, a fin de atender lo verosímil desde un punto de vista muy original. En esta novela no interesa particularmente la sucesión de hechos ni la resolución del conflicto del supuesto protagonista (Apolo), que ha sido dejado a su suerte ante la “presencia” de retratos familiares y estampitas católicas.
La preocupación creativa de Sumalavia se dirige hacia otros intereses relacionados con la expresividad, en los que la narración cede espacio a la reflexión, gracias a una arquitectura de la transparencia, como el uso de paredes, techos y pisos de cristal. Así, cada acción subrepticia no solo es expuesta sino que se convierte en motivo de cavilación, para terminar enlucida en las columnas de la historia. Este paso de la luz de un lado a otro le confiere al personaje Apolo —pero no a su original Apolinario— una relevancia transversal que refulge en varias meditaciones a lo largo del libro.
Por otra parte, el autor desmonta el aparato de la novela policial para examinar como detective literario las huellas en los argumentos y las pistas en la configuración de los personajes, y como investigador de sombras ficcionales los rastros en las acciones tanto involuntarias como deliberadas. Sumalavia no se detiene ante el afán de mostrar, de dejar ver más allá de lo permitido, pero sin desatender el principio estético de la sugerencia, de lo que esconde el iceberg bajo el agua, de la dosificación de datos para mantener la intriga, de guardarse un as bajo la manga para mostrar la carta decisoria en la jugada final, siguiendo hasta cierto punto la plantilla de estereotipos y lugares comunes de las novelas policiales.
Sumalavia con una prosa elegante, ponderada y aguda avanza y retrocede, pero es paradójicamente en este afán por volver atrás, de adelantar en reversa, donde consigue enfrentar “sin dudas ni murmuraciones” lo físico.

José Donayre

En Suplemento Variedades del diario El Peruano